
Otto Rehhagel era el entrenador del equipo heleno, una selección que en los planes de los aficionados no era favorita ni siquiera a llegar semifinales antes de arrancar el torneo, pero este torneo celebrado en el país donde nació Cristiano Ronaldo tendría un desenlace inesperado, pocas veces se vio que un equipo con tan pocos recursos como era la selección griega de aquel año se proclamará campeón de una competición de tanto nivel.
Rehhagel fue la cabeza principal para ese milagro, que con un equipo cuyas mayores estrellas eran Dellas, Seitaridis, Katsouranis y Charisteas, fue eliminando a los favoritos con un sistema defensivo intachable y una capacidad extraordinaria para aprovechar el balón parado. Sus víctimas, la España de Camacho, la Francia de Zidane, la República Checa de Nedved y Rosicky, el primer aviso de lo que podía suceder lo dio en el partido inaugural contra la anfitriona Portugal que contaba en sus Filas con Luis Figo y un muy joven CR7.
Esa misma portugal con quien había jugado el partido inicial sería su rival en la final donde los griegos los griegos echaron el cerrojo atrás y de nuevo en un córner, esta vez rematado por Charisteas en el 57’, encontraron la llave para hacer el único gol del encuentro en el que fue prácticamente su único acercamiento al área rival. Portugal se volcó hacia la portería de Nikopolidis, pero no tuvo suerte. Cristiano, que había sido el jugador revelación del torneo, terminó el encuentro llorando sobre el césped mientras Grecia celebraba una de las mayores sorpresas del historia del fútbol.
Engel Ríos.